La niña del río

(...) Imposible calcular desde cuando estaba allí. Le pedí disculpas con los ojos mientras la liberaba. Era una trenza larga como una soga y fina como la rama de un sauce. Cuando acabó de deslizarse de mis manos, la niña del río había desaparecido perseguida por ella. Y nunca más las ví.

Al principio la recordaba con mucha nitidez en el gesto de alejarse con el rostro vuelto hacia mí, mientras su trenza huía como savia entre mis dedos, hasta desaparecer, río arriba en lo que no me pareció una zambullida en el vientre del agua pero tampoco andar humano por el encaje frondoso del cauce. Entró la niña del río, concluyo después de pensarlo y pensarlo, por donde debió salir cuando le atrapé la trenza, por uno de esos estratos que hace a veces la luz en la piel del agua, hojaldrándola de pasadizos hacia otros tantos mundos anfibios como quieran o sepan verse.

Luego el recuerdo nítido y brillante del principio se fue deshilachando. Pero inexplicablemente permaneció la nostalgia y empezó a tejerse la urdimbre del recuerdo, la que macera la imagen y la anécdota para destilar lo que en la memoria llega a ser un acontecimiento.

Cada momento libre que tengo desde entonces lo empleo en bajar hasta aquí, con la esperanza de volver a verla, para preguntarle por los caminos del río, y preguntarle por su vida en el país del agua, dónde duerme, qué come, con qué juega, quién le trenza el pelo brillante y limoso; y por eso le he hecho esta escalera, confiando ver subir por ella, alguna vez, jugando, sus pies descalzos y enrojecidos, y pedirle disculpas como hubiera merecido aquel día, por apresarle tan desconsideradamente la trenza entre las piedras de mi torre submarina.

Esta es la verdadera razón de esa escalera que ves entrar en el río y de los rumores de chifladura que me persiguen por estas montañas. Te lo contaré si prometes no decírselo a nadie.

C.A. Eberhardt

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